A las nueve de la mañana desperté a Julia, con un desayuno coquetamente preparado. Ella puso reparos, quería seguir durmiendo. Yo le dije que podía hacerlo por la tarde. En los pueblos todos dormían la siesta. Esa era una costumbre que todavía no habían perdido.
-No eggs or bacon?- preguntó al sentarse a la mesa.
-Aquí no se acostumbra a desayunar así.
De mala gana tomo su té, su jugo de naranja y comió unas tostadas, antes de salir a dar el paseo matinal.
Era un día exquisito. Nos rozaba una fresca brisa y en lo alto, aunque todavía algo oblicuo, tan oblicuamente que no parecía redondo y tampoco amarillo, el sol nos calentaba todavía estaba estancada en las callecitas como rezagada de una mañana que no terminaba de empezar. Las partes soleadas de las veredas tenían una luminosidad tenue, un brillo que todavía no era pleno, que parecía aún adormilado sin haber abierto del todo los ojos. Luego ascendía desde el piso un vapor blanco que no lograba envolvernos pero que sí enmarcaba el paisaje como si se tratara de una película velada.
No era tan raro que hubiera pocos autos en la calle, puesto que era domingo. Lo que sí me resultó extraño es que fueran todos muy modernos, porque la gama de autos que yo recordaba eran grandes, sucios, de chapa fuerte, con un velo gris que los teñía a todos por igual, de aquél color sepia de las fotografías antiguas.
Tampoco quedaban calles de tierra en el pueblo. Yo no era de los chicos que jugaban en la calle y se enredaban entre el marrón y el polvo sino que pasaba los días encerrado en la sala principal de mi casa tocando el piano, pero me sorprendió mucho que ya no hubiera calles de tierra. Algunos edificios más, es cierto, pero en general, las casas bajas seguían enmarcando el color del paisaje. Y todas las casas conservaban su fachada original, de la época de la colonia, quizás debido a un afán turístico. Las construcciones nuevas mantenían cierto color del terracota al sepia y no superaban los siete u ocho pisos.
Al principio Julia me tomó de la mano, pero luego me la soltó y caminaba delante mío, cansada de que yo me detuviera cada dos pasos movido por algún recuerdo. Que los negocios estuvieran abiertos en la avenida principal, un domingo por la mañana, fue un notable cambio. Mi hija se desilusionó un poco al ver que el único local que le interesaba, uno de tatoos, estaba cerrado. Quiso entrar en una librería y estuvo hojeando algunos libros de Ursula Le Guin.
-¿Querés que te lo compre?- le pregunté.
-It’s in spanish.
-Vas a tener que empezar a aprender a leer en español.
-Pero ya lo he leído- dijo lentamente, pensando cada palabra.
-Más fácil.
Lo compré. “Las tumbas de Atuán” de la trilogía de Terramar. Luego fuimos al mercado. También compramos verduras y carne para hacer un puchero.
-Puchero- repetía Julia y se reía. -Funny word. Pu-che-ro.
Mientras cruzábamos la plaza cargados de bolsas, me pareció ver a Paula. Venía en dirección a nosotros, paseando un perro. Me detuve, conteniendo la respiración. Mi hija siguió unos pasos y también se detuvo. Se dio vuelta para mirarme con cierto reproche y fastidio en sus ojos.
-Paula- susurré. Pero la mujer que paseaba a su perro llevaba unos auriculares, unos anteojos, pantalones cortos y un top rosado, cantaba, y ni siquiera se percató de mi presencia. Yo estaba duro como una estatua. No sabía qué hacer. Ella estaba ya bastante lejos. ¿Tanto había cambiado que no me había reconocido? Paula estaba igual, sólo que con el pelo corto y anteojos. Como si el tiempo no hubiera pasado. Fue un duro golpe para ella que sus padres no la hubieran dejado ir conmigo a la ciudad a estudiar para conseguir la beca en la Juilliard. Habíamos hecho tantos planes. Era una pianista extremadamente talentosa y hubiera hecho carrera. No supe nada más de ella desde que nos separamos.
Mi hija no pudo dejar de notar la emoción que me paralizaba y me tomó de la mano, obligándome a caminar. Cada tanto me daba vuelta y veía cómo Paula se alejaba. Hasta que se perdió de vista. A las pocas cuadras, Julia me preguntó quién era.
-An old girlfriend- le respondí.
Mi hija sonrió y bajó la vista. Seguimos caminando en silencio hasta que llegamos a la casa, luego de más de dos horas de caminata. Y tan cansados que postergamos el puchero para la noche y nos fuimos a acostar cada uno en su pieza.